domingo, 19 de febrero de 2012

MANUSCRITO DE UN ESCRITOR DESCONOCIDO


El escritor se halla ante una cuartilla cuadriculada, en blanco la cuartilla, en blanco su mente. Las cuadrículas de la cuartilla parecen ordenarle más que invitarle a escribir ordenadamente, con renglones no torcidos, cuando la imaginación es de por sí un círculo vicioso al enfrentarse a la realidad y ser siempre derrotada por ésta. El poder y la superioridad de la realidad sobre la imaginación son indiscutibles, razón por la que la imaginación nunca conquistará el poder, como soñaron los visionarios franceses que pretendían realizar lo imposible, siendo tachada, ensuciada y vilipendiada con los nombres de utopía, quijotismo, anarquía, delirio, fantasía, idealismo, inmaterialidad y, en último término, locura. Tan sólo la poesía es admitida en nombre de la imaginación siempre que sea bella, es decir, armoniosa y rítmica, rimando como si fuese música, graciosa, gloriosa, épica o lírica, ascendente, positiva, bendita, pero nunca maldita, negativa, decadente, vergonzosa, desgraciada, sonando como la uña que se rompe al deslizarse por una pizarra o el rechinar y crujir de dientes. Esa clase de poesía es enfermiza, condenada al infierno del eterno olvido, fea y despreciable. Quizá por eso Artaud dijo: Toute écriture est une cochonnerie. Y Rimbaud fue aún más lejos al afirmar: L’art est une sottise. Lo que no es de extrañar porque los dos fueron poetas malditos. Siendo así, ¿cómo transformar artísticamente la realidad cuando hasta el surrealismo degeneró en papado con Breton y la crisis financiera del capitalismo amenaza con devorarnos a todos? Y en todo caso, ¿por qué el artista ha de transformar la realidad en lugar de cultivar su arte pura y simplemente por amor al arte? Lo malo es que de eso precisamente se trata. Tanto el arte como el amor están hoy tan devaluados que cultivarlos en toda su pureza y simplicidad es necesariamente maldición, negación, decadencia, vergüenza, desgracia, utopía, quijotismo, anarquía, delirio, fantasía, idealismo platónico, inmaterialidad y locura. ¿Y puede haber algo más estúpido que un artista enamorado de su arte? Es tan estúpido como el amor de Don Quijote de La Mancha por Dulcinea del Toboso. Bastante más estúpido, considerando que el ingenioso hidalgo era un caballero andante que enderezaba entuertos.
     El escritor, escribidor, escritorzuelo, escritorcillo, foliculario, plumífero, grafómano, cultiparlista afrancesado y cervantófilo, se llama Jonathan Smith. Jonathan Smith se consuela un poco después de haber escrito la anterior parrafada. Algo es algo. Ahora bien, ¿para qué demonios la ha escrito? ¿Para halagar a sus demonios interiores y egocéntricos que aplauden haciéndole creer que tiene mucho talento? ¿Para distraer a lectores preocupados por sus particulares demonios entregando el manuscrito a un endemoniado editor preocupado por los demonios de la publicación? Ciertamente, el mundo entero parece estar endemoniado desde el principio, desde que atentamos contra las leyes naturales de la Madre Terrenal haciendo caso omiso de los ángeles del aire, del agua y de la luz del sol, y contra el espíritu del Padre Celestial cuando crucificamos a su Hijo. Desde entonces se han edificado muchas iglesias e imaginado variedades de creencias religiosas, ¿pero a quién o qué veneran realmente? ¿No son de verdad las religiones una neurosis colectiva, un opio del pueblo, un maravilloso medio de control social al crear un Creador a nuestra imagen y semejanza? A veces, uno se dice: “Vamos, Smith, no es para tanto, puesto que no hay tal Creador.” Pero otras veces, se dice: “¿Y qué crees que hace latir tu corazón, Jonathan? ¿Qué clase de energía crees que da vida a los átomos y 100 trillones de células que constituyen tu cuerpo? ¿De dónde crees que proviene la inspiración que llena de aire tus pulmones y produce las ideas que estás escribiendo en esas cuartillas cuadriculadas?”
     Eso es bastante grave, creer precisamente eso, que hay una Inteligencia cósmica que crea a través de uno y se recrea en perfecta simbiosis, para bien y para mal. En cualquier caso, tanto si hay una fuerza espiritual creadora del orden y la armonía en el universo, como si la única realidad de los 100 trillones de células del cuerpo de Jonathan Smith y de todo lo que existe es producto de la química molecular de la materia, la libertad individual sigue siendo sagrada y la vida de las personas no debería ser alienada y manipulada por los poderes de organizaciones políticas, económicas y religiosas. La anarquía es el orden social natural, sin gobernantes ni gobernados, y el Estado capitalista (democrático o no) será siempre una organización maquiavélica de bandidos en la que una minoría roba a la mayoría, y en la que los países más ricos roban a los países más pobres...
    
Jonathan Smith interrumpe su escritura para encender un cigarrillo. No sólo no sabe para qué o para quién está escribiendo sino tampoco lo que está escribiendo, pues su bolígrafo fluye por las cuartillas cuadriculadas espontáneamente, sin orden ni concierto. No se ha propuesto nunca dejar de fumar y piensa que los fumadores son como los leprosos de la Edad Media, la persecución que sufren hoy es del todo injustificada, y pronto las autoridades sanitarias les pondrán un cascabel o una estrella amarilla en el abrigo para que todo el mundo sepa al verles en la calle que son fumadores, aunque en ese momento no estén fumando. También es bebedor, si bien responsable, pero las autoridades sanitarias no tardarán en poner también a los bebedores algún signo llamativo y distintivo para que al verles en la calle la gente sepa que son bebedores, aunque en ese momento no estén bebiendo. El Estado dice estar muy preocupado por nuestra salud, porque el tratamiento del cáncer de pulmón y de hígado son muy caros, pero no se atreven a prohibir terminantemente el tabaco y el alcohol porque los impuestos que pagan los fumadores y bebedores son cuantiosos para las arcas del Estado y éste sabe que, a pesar de todo, seguirán fumando y bebiendo en la clandestinidad. ¿Y por qué se bebe y se fuma? ¿Por qué sobre todo los jóvenes beben y se drogan tanto? La respuesta es bien sencilla: se aburren, no tienen trabajo, y la perspectiva que el futuro les ofrece en esta sociedad consumista a más no poder no puede ser más oscura. A Jonathan Smith le sorprende en grado sumo que los jóvenes no salgan a la calle enfurecidos más a menudo, y que no luchen para establecer el orden de la anarquía en este mundo demencial y caótico que han causado los banqueros con su desmesurado afán de lucro. ¡Viva la Anarquía, viva la Literatura! - exclamaba un personaje de Pío Baroja en Aurora Roja.
     En septiembre de 1975, convivió durante una semana con Miguel García en el Centro Ibérico de Londres. Miguel García fue militante de la CNT-FAI (Confederación Nacional de Trabajadores-Federación Anarquista Ibérica), combatió en la guerra civil española y en la resistencia después de la derrota, siendo condenado a muerte y conmutada la pena por 30 años, de los que cumplió 20 en diversas cárceles franquistas intentando fugarse repetidas veces. En el Centro Ibérico, Miguel cocinaba paellas y había estruendosos conciertos de percusión en los que todos participaban a su libre albedrío sin orden ni concierto propiamente dicho. Era un hombre extraordinario, tranquilo, hospitalario, amable, sin darse aires de héroe o de ideólogo, y entero después de tantos años de duro cautiverio que describe en su libro Franco’s Prisoner, publicado en 1972. Se enfadó un poco cuando Jonathan Smith, sin saber muy bien lo que decía considerando su juventud, defendió alguna forma de dictadura del proletariado tras el triunfo de la Revolución. En su habitación, Miguel García tenía un gran retrato de la joven reina Elizabeth II. Cuando Jonathan expresó su sorpresa al ver el retrato de la Jefa del Estado Británico en la habitación de un anarquista, Miguel se encogió de hombros diciendo que aquella reina le gustaba. De vuelta a España en 1976, fundó en Barcelona un bar llamado La Fragua, que era como otro centro libertario. Murió en Londres en 1981. Tenía sólo 73 años...
     Jonathan Smith también tradujo para Ediciones Libertarias una interesante obra de Proudhon titulada La pornocracia moderna, que tampoco se publicó. ¿Cómo es posible que haya editores tan canallas, carentes de toda integridad, innobles, mentirosos, tramposos, avariciosos, ladrones, egoístas, egocéntricos y egomaníacos, que para colmo se pongan el nombre de libertarios? Por lo demás, ¿qué son los nombres? Ponemos nombres a las cosas y a las personas, nos ponemos nombres, decimos yo soy esto, tú eres aquello, y ésta es la realidad. Tenemos muchas y maravillosas ideas cuando la realidad es que no tenemos ni idea de lo que es la realidad. ¡La única realidad es el Dinero!, dicen los banqueros. ¡La única realidad es la Materia!, dicen los materialistas. ¡La única realidad es el Nirvana! dicen los budistas. Nos damos mucha importancia y damos mucha importancia a nuestras ideas cuando lo único importante es saber que nada tiene importancia. Eso es lo que piensa Jonathan Smith, y casi con toda seguridad se equivoca, aunque quizá tenga razón...
     La razón de Don Quijote de la Mancha era lo que al cura, al barbero y a veces al propio Sancho Panza, les parecía la sinrazón de un loco de remate. Y las razones de éstos le parecían al sin par caballero andante sinrazones poco menos tan descomunales como los gigantes que ellos confundían con molinos de viento. Pero es que eran de verdad molinos de viento, protestarán algunos. ¿Y qué? ¿Qué es la verdad?, preguntó el escéptico Poncio Pilatos. El pintor Goya tenía razón cuando dijo que el sueño de la razón produce monstruos. Eso lo vemos todos lo días. La verdad es que la razón del crecimiento industrial (molinos de viento) nos está llevando a un desastre comparado con el cual las pinturas negras (gigantes) nos parecerán luminosas. Vamos, vamos, Smith, no exageres. No es para tanto. ¿Que no? ¿Para qué queremos tantas cosas superfluas? Una casa de 7 vecinos debería compartir un solo aspirador y una sola lavadora por turnos cada semana. Así se producirían 6 aspiradores y 6 lavadoras menos, con la ventaja extra de producir 6 veces menos CO2. ¿Quiénes serían los perjudicados? Los fabricantes de aspiradores y lavadoras. ¿Quiénes saldrían beneficiados? Todo el mundo excepto esos fabricantes. Y eso que las lavadoras y los aspiradores son cosas útiles. Pero nuestro modo de vida en una sociedad que produce tantas cosas inútiles nos está consumiendo a todos cada vez más, pues cada cual desea tener más y más cosas, y ese deseo insaciable es causa de una permanente infelicidad que el disfrute de las cosas apenas atenúa. ¿Significa eso que no conviene tener cosas? No necesariamente. La propiedad privada no es un robo por el mero hecho de tener cosas. Diógenes el Cínico renunció a su escudilla cuando comprobó que no la necesitaba para beber agua, pero el Emperador Alejandro no pudo quitarle el sol. El aire, el agua y la luz del sol son bienes comunes y naturales que no pueden robarse, pero cuando los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres es porque los primeros roban a los segundos. Y siendo el robo tan excesivo, el aire se contamina, el agua escasea, el sol se oscurece y toda la naturaleza de la que todo el mundo forma parte se desequilibra. Este desorden es causado por las organizaciones estatales y financieras que son como uña y carne, y cuanto más poderosos son los Estados y grandes los Capitales mayor es el desorden que producen en todo el mundo. Por eso la famosa frase de Goethe, prefiero la injusticia al desorden, no tiene sentido. Desorden e injusticia son la misma cosa.

Son casi las dos de la madrugada. El sonido de las olas en la playa altera el silencio de la noche, o lo acompasa rítmicamente, pues no habría rumor de oleaje sin silencio ni viceversa, ni día sin noche, ni yin sin yang. Jonathan Smith abre una lata de Strong Lager Carlsberg Special Brew by appointment to the Royal Danish Court brewed since 1950 alc. 9% vol. enjoy responsibly. Es una cerveza que eleva el espíritu conciliando el Ser y el No Ser, aunque algo esté podrido en el Reino de Dinamarca. Y lía otro cigarrillo de Gold Leaf smoking seriously harms you and others around you, advierten las Autoridades Sanitarias. Difícilmente podría dañar el humo gravemente a otros, pues a su alrededor no hay nadie. Y a él le da lo mismo dañarse gravemente. Como escribió Miguel Hernández:

                            Si me muero, que me muera
                            con la cabeza muy alta.
                            Muerto y veinte veces muerto,
                            la boca contra la grama,
                            tendré apretados los dientes
                            y decidida la barba.

    Para Jonathan Smith, el trabajo asalariado en una Empresa Privada ha sido siempre una maldición. No sólo porque la fuerza de trabajo se convierta en una mercancía más, tal como aseguran los marxistas, cosificando al trabajador a cambio de un salario, alienándole, manipulándole y apresándole en una cadena de producción y consumo de cosas ajenas a sus verdaderas necesidades como persona, sino sobre todo por tener que obedecer a jefecillos, jefes y jefazos que exigen la máxima cantidad y calidad de producto en el menor tiempo posible. Si la razón de ser del Ejército es estar siempre preparado para defender o atacar al Enemigo, la razón de ser de la Empresa Privada es producir siempre más y mejor para obtener el máximo Beneficio. Por lo demás, casi la misma estructura jerárquica.
     Fue en Madrid donde tuvo lugar su primer trabajo propiamente dicho y que duró 2 años y 8 meses. Era una pequeña empresa de documentación y prensa con una jefa de redacción, 3 redactores, 3 secretarias, 3 empleados de talleres y un casi invisible director general. Allí se producía un Diario de diarios diario y una Revista de revistas semanal. El primero era un resumen de la prensa diaria nacional, aunque a veces se incluían artículos de periódicos franceses e ingleses, y la segunda un resumen de las revistas semanales. Ambas publicaciones se vendían por suscripción a hombres de negocios y altos ejecutivos de empresas privadas muy ocupados en sus asuntos, con poco tiempo para perderlo buscando en las tediosas páginas de los periódicos lo que les interesaba saber. Se les servía así exclusivamente en bandeja una información resumida que les ponía con brevedad al corriente de todo lo que sucedía en el país y en el mundo. Todas las mañanas a temprana hora, llegaba a la redacción un aluvión de periódicos. Armados con tijeras y lápices rojos, los redactores hojeaban febrilmente las páginas, leyendo, subrayando y recortando lo que les parecía de interés para los suscriptores. Los recortes subrayados eran recogidos por los empleados de los talleres, las secretarias mecanografiaban la información en las páginas que luego serían impresas en los talleres, confeccionando los ejemplares de la publicación para su inmediata distribución a las personas y empresas privadas suscriptoras. La división del trabajo en el departamento de redacción correspondía a cuatro áreas específicas. La jefa de redacción se encargaba de seleccionar todo lo relativo a la Política Nacional, y los otros tres redactores seleccionaban todo lo relativo a la Economía, la Cultura y la Política Internacional, pues éste era el orden de prioridad de la información. Jonathan Smith estaba encargado de la Política Internacional, que ocupaba sólo la última página del Diario de diarios. Traducía también artículos económicos y financieros de la prensa francesa que se vendían en una documentación aparte. El trabajo era febril en las dos primeras horas de la mañana, pero una vez confeccionada la publicación transcurría muy apaciblemente.
     La jefa de redacción era una periodista disciplinada y nerviosa que revisaba meticulosa y escrupulosamente la información seleccionada por los redactores, pero también se relajaba después de las dos primeras horas, y hasta les permitía beber cerveza mientras trabajaban durante el resto de la jornada. Smith mantenía buenas relaciones con los tres empleados de los talleres. Allí bebían ginebra, y le sugirieron mezclar un poco de ginebra en su botellín de cerveza, lo que Jonathan Smith hacía muy gustosamente bebiendo aquella rara mezcolanza delante de la jefa de redacción sin que ésta sospechara la naturaleza espiritosa del brebaje. El redactor de Política Internacional y traductor de francés bebía responsablemente, satisfecho de que se elevase su espíritu, y esta elevación espiritual se reflejaba en la excelencia de su trabajo. De vez en cuando, aparecía por allí un gordinflón que confeccionaba pausadamente un dossier especial, con una información superselecta y exclusiva para un todopoderoso banquero...

      DIGUEM NO                                                                DIGAMOS NO

Ara que som junts                                                      Ahora que estamos juntos
diré el que tu i jo sabem                                            diré lo que tú y yo sabemos
i que sovint oblidem:                                                 y a menudo olvidamos:

Hem vist la por                                                           Hemos visto el miedo
ser llei per a tots.                                                        ser ley para todos.
Hem vist la sang                                                        Hemos visto la sangre
- que sols fa sang -                                                    - que sólo hace sangre -
ser llei del món.                                                         hecha ley del mundo.
        
No,                                                                                         No,
jo dic no,                                                                              yo digo no,
diguem no                                                                             digamos no.
Nosaltres no som d’eixe món.                                             Nosotros no somos de ese mundo.

Hem vist la fam                                                         Hemos visto el hambre
ser pa                                                                                ser pan
per a molts.                                                                 para muchos.

Hem vist que han                                                      Hemos visto que han
fet callar a molts                                                       hecho callar a muchos
homs plens de raó.                                                    hombres llenos de razón.

No,                                                                             No,
jo dic no,                                                                    yo digo no,
diguem no.                                                                digamos no.
Nosaltres no som d’eixe món.                                  Nosotros no somos de ese mundo.

Jonathan Smith se estremeció de pies a cabeza al corear aquellas palabras de Raimon en valenciano junto con miles de voces al final de su recital en el Pabellón de Deportes de Madrid el 5 de febrero de 1976. La Policía Armada (grises) intervino para desalojar el Pabellón. El jefe de dicha policía quería gasear el recinto, y lo habría hecho si la mujer de Raimon no le hubiese convencido para que consultara antes con sus Superiores. El Caudillo Generalísimo Franco había muerto el día 20 de noviembre de 1975, pero el propio jefe de gobierno Arias Navarro se oponía al intento de un inicio de apertura democrática. El primero de enero de 1977, Smith escribió una carta a la jefa de redacción de Documentación y Prensa S.A. disculpándose por la forma poco ortodoxa de despedirse. Decía que ésta había sido una decisión tomada sobre la marcha, que no había podido resistir la tentación de empezar el año de otra manera, que después de considerarlo suficientemente no creía causar a la empresa perjuicio respecto a la marcha diaria del trabajo mientras recuperaban a otra persona y que, si ello era posible, le gustaría seguir con las traducciones de francés. Terminaba la carta disculpándose otra vez por su insensata escapada, afirmando que había quemado las naves como Hernán Cortés y dando recuerdos a la gente del barco...

En aquel tiempo, Jonathan Smith vivía en una buhardilla de la calle Arganzuela número 17, junto al Rastro y la Puerta de Toledo. La escalera que ascendía hasta el quinto piso era escarpada, el último tramo había que escalarlo casi con pies y manos. La luz entraba por la puerta de la terraza y por la gran claraboya cuadriculada del techo bajo la cual hallábase afincada la sólida mesa de siete cajones sobre la que escribía, hacía resaltar los colores de varios cuadros colgados de escarpias en las paredes sin marco alguno que él mismo había pintado, incidía sobre el acordeón de fuelle abierto que tocaba ensimismado en los momentos de melancolía. La buhardilla no tenía más puertas que la de entrada, la de la terraza y la de un estrecho recinto donde reinaba solitaria una taza de retrete con su cisterna y un espejo. Para ducharse tenía que ir a la casa de baños municipal de Latina. En un ángulo había un pilón con un grifo de agua fría, un frigorífico y una cocina de gas de las que se usan en las tiendas de campaña. En el ángulo diametralmente opuesto, una cortina mejicana ocultaba un colchón matrimonial cubierto por una manta de lana estampada como una piel de leopardo. El colchón descansaba directamente sobre el suelo de baldosas grises. Aparte de la mesa de escribir con su silla y del destartalado sofá de tela amarilla, no había más muebles que uno alargado con cajones sobre el que funcionaban ocasionalmente un viejo tocadiscos y un televisor en blanco y negro, y un armario de puertas acristaladas repleto de libros cuyo contenido acumulado pondría en peligro la salud mental de cualquier lector no iniciado. El recinto del retrete y el entrante que hacía las veces de cocina tenían ventanas que daban a sendos patios interiores, otras dos ventanas daban a la terraza y, desde la terraza, podía verse la chimenea del Gasómetro, la ciudad soleada, lluviosa o brumosa. El sol se ponía por allí, a veces el horizonte resplandecía con azules y rosas picasianos. Sentado en el destartalado sofá de tela amarilla junto al acordeón, envuelto en su batín a rayas verdes, blancas y negras, calzado con sus sandalias de monje franciscano, él contemplaba aquel cielo mientras la esperaba a ella...
     Hubiera preferido traducir a Boris Vian y a Guy de Maupassant en lugar de anodinos artículos de política internacional, financieros y bancarios. Se dejaba las uñas en las duras teclas de una trasnochada máquina Underwood viendo cómo se estrechaban las paredes con la espuma de los días, acechado por el Horla, los Mondaguillos y los Zacristanes, perdiendo prematuramente los cabellos y la vista al consultar pertinazmente las páginas de los diccionarios Larousse y Petit Robert a la azulada luz de la lámpara flexible...
     Por fortuna, ella estaba allí. Su compañía le consolaba de la forzada soledad de ermitaño traductor, de monje agnóstico en los maitines y herético en las vísperas, de anarquista individualista e iluso, de iluminado filósofo estagirita, de escritorcillo en su torre de marfil con aspiración de genio e inspiración inspirada por el whisky segoviano y los optalidones. Antes de que el tocadiscos expirase, también le inspiraba la música de Wagner y de los Rolling Stones...

Felixstowe, October 2011


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