Decir a Dios:
Padre, en el nombre de Cristo, concédeme esto.
Que este cuerpo se mueva o se inmovilice, con una
flexibilidad o una rigidez perfectas, en conformidad ininterrumpida con tu
voluntad. Que este oído, esta vista, este gusto, este olfato, este tacto,
reciban la huella perfectamente exacta de tu creación. Que esta inteligencia,
en la plenitud de la lucidez, encadene todas las ideas en conformidad perfecta
con tu verdad. Que esta sensibilidad experimente con la mayor intensidad
posible y en toda su pureza todos los matices del dolor y la alegría. Que este
amor sea una llama absolutamente devoradora de amor a Dios por Dios. Que todo
sea arrancado de mí, devorado por Dios, transformado en sustancia de Cristo, y
dado a comer a los desdichados cuyo cuerpo y cuya alma carecen de toda clase de
alimento. Y que yo sea paralítico, ciego, sordo, idiota y chocho.
Padre,
realiza esta transformación ahora, en el nombre de Cristo. Y aunque lo pida
con fe imperfecta, satisface esta petición como si fuera pronunciada con una
fe perfecta.
Padre,
puesto que tú eres Bien y yo soy lo mediocre, arranca de mí este cuerpo y esta
alma para hacer de ellos algo tuyo, y no dejes subsistir en mí, eternamente,
más que este arrancamiento mismo, o bien la nada.
Estas
palabras no tienen una virtud eficaz más que si son dictadas por el Espíritu.
Estas cosas no se pueden pedir de forma voluntaria. Es a pesar de uno mismo
como se llega ahí. A pesar de uno mismo, pero se consiente a ello. No se
consiente con abandono. Se consiente con una violencia operada por el alma
entera sobre el alma entera. Pero el consentimiento es total y sin reservas,
dado en un movimiento único de todo el ser.
fragmento de El conocimiento sobrenatural


fragmento de El conocimiento sobrenatural

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