El escritor se halla ante una cuartilla cuadriculada,
en blanco la cuartilla, en blanco su mente. Las cuadrículas de la cuartilla
parecen ordenarle más que invitarle a escribir ordenadamente, con renglones no
torcidos, cuando la imaginación es de por sí un círculo vicioso al enfrentarse
a la realidad y ser siempre derrotada por ésta. El poder y la superioridad de
la realidad sobre la imaginación son indiscutibles, razón por la que la
imaginación nunca conquistará el poder, como soñaron los visionarios franceses
que pretendían realizar lo imposible, siendo tachada, ensuciada y vilipendiada
con los nombres de utopía, quijotismo, anarquía, delirio, fantasía, idealismo,
inmaterialidad y, en último término, locura. Tan sólo la poesía es admitida en
nombre de la imaginación siempre que sea bella, es decir, armoniosa y
rítmica, rimando como si fuese música, graciosa, gloriosa, épica o lírica,
ascendente, positiva, bendita, pero nunca maldita, negativa, decadente,
vergonzosa, desgraciada, sonando como la uña que se rompe al deslizarse por una
pizarra o el rechinar y crujir de dientes. Esa clase de poesía es enfermiza,
condenada al infierno del eterno olvido, fea y despreciable. Quizá por eso Artaud dijo: Toute écriture est une cochonnerie. Y Rimbaud fue aún más lejos al afirmar: L’art est une sottise. Lo que no es de extrañar porque los dos
fueron poetas malditos. Siendo así, ¿cómo transformar artísticamente la
realidad cuando hasta el surrealismo degeneró en papado con Breton y la crisis financiera del capitalismo
amenaza con devorarnos a todos? Y en todo caso, ¿por qué el artista ha de
transformar la realidad en lugar de cultivar su arte pura y simplemente por
amor al arte? Lo malo es que de eso precisamente se trata. Tanto el arte como
el amor están hoy tan devaluados que cultivarlos en toda su pureza y
simplicidad es necesariamente maldición, negación, decadencia, vergüenza,
desgracia, utopía, quijotismo, anarquía, delirio, fantasía, idealismo
platónico, inmaterialidad y locura. ¿Y puede haber algo más estúpido que un
artista enamorado de su arte? Es tan estúpido como el amor de Don Quijote de La
Mancha por Dulcinea del Toboso. Bastante más estúpido, considerando que el
ingenioso hidalgo era un caballero andante que enderezaba entuertos.
El escritor,
escribidor, escritorzuelo, escritorcillo, foliculario, plumífero, grafómano,
cultiparlista afrancesado y cervantófilo, se llama Jonathan Smith. Jonathan Smith se consuela un poco después de haber
escrito la anterior parrafada. Algo es algo. Ahora bien, ¿para qué demonios la
ha escrito? ¿Para halagar a sus demonios interiores y egocéntricos que
aplauden haciéndole creer que tiene mucho talento? ¿Para distraer a lectores
preocupados por sus particulares demonios entregando el manuscrito a un endemoniado
editor preocupado por los demonios de la publicación? Ciertamente, el mundo
entero parece estar endemoniado desde el principio, desde que atentamos contra
las leyes naturales de la Madre Terrenal haciendo caso omiso de los ángeles
del aire, del agua y de la luz del sol, y contra el espíritu del Padre
Celestial cuando crucificamos a su Hijo. Desde entonces se han edificado
muchas iglesias e imaginado variedades de creencias religiosas, ¿pero a quién o
qué veneran realmente? ¿No son de verdad las religiones una neurosis colectiva,
un opio del pueblo, un maravilloso medio de control social al crear un Creador
a nuestra imagen y semejanza? A veces, uno se dice: “Vamos, Smith, no es para
tanto, puesto que no hay tal Creador.” Pero otras veces, se dice: “¿Y qué crees
que hace latir tu corazón, Jonathan? ¿Qué clase de energía crees que da vida a
los átomos y 100 trillones de células que constituyen tu cuerpo? ¿De dónde
crees que proviene la inspiración que llena de aire tus pulmones y produce las
ideas que estás escribiendo en esas cuartillas cuadriculadas?”
Eso es bastante
grave, creer precisamente eso, que hay una Inteligencia cósmica que crea a
través de uno y se recrea en perfecta simbiosis, para bien y para mal. En
cualquier caso, tanto si hay una fuerza espiritual creadora del orden y la
armonía en el universo, como si la única realidad de los 100 trillones de
células del cuerpo de Jonathan Smith y de todo lo que existe es producto de la
química molecular de la materia, la libertad individual sigue siendo sagrada y
la vida de las personas no debería ser alienada y manipulada por los poderes de
organizaciones políticas, económicas y religiosas. La anarquía es el orden
social natural, sin gobernantes ni gobernados, y el Estado capitalista
(democrático o no) será siempre una organización maquiavélica de bandidos en
la que una minoría roba a la mayoría, y en la que los países más ricos roban
a los países más pobres...
Jonathan
Smith interrumpe su escritura para encender un cigarrillo. No sólo no sabe para
qué o para quién está escribiendo sino tampoco lo que está escribiendo, pues su
bolígrafo fluye por las cuartillas cuadriculadas espontáneamente, sin orden ni
concierto. No se ha propuesto nunca dejar de fumar y piensa que los fumadores
son como los leprosos de la Edad Media, la persecución que sufren hoy es del
todo injustificada, y pronto las autoridades sanitarias les pondrán un cascabel
o una estrella amarilla en el abrigo para que todo el mundo sepa al verles en
la calle que son fumadores, aunque en ese momento no estén fumando. También es
bebedor, si bien responsable, pero las autoridades sanitarias no tardarán en
poner también a los bebedores algún signo llamativo y distintivo para que al
verles en la calle la gente sepa que son bebedores, aunque en ese momento no
estén bebiendo. El Estado dice estar muy preocupado por nuestra salud, porque
el tratamiento del cáncer de pulmón y de hígado son muy caros, pero no se
atreven a prohibir terminantemente el tabaco y el alcohol porque los impuestos
que pagan los fumadores y bebedores son cuantiosos para las arcas del Estado y
éste sabe que, a pesar de todo, seguirán fumando y bebiendo en la
clandestinidad. ¿Y por qué se bebe y se fuma? ¿Por qué sobre todo los jóvenes
beben y se drogan tanto? La respuesta es bien sencilla: se aburren, no tienen
trabajo, y la perspectiva que el futuro les ofrece en esta sociedad consumista
a más no poder no puede ser más oscura. A Jonathan Smith le sorprende en grado
sumo que los jóvenes no salgan a la calle enfurecidos más a menudo, y que no
luchen para establecer el orden de la anarquía en este mundo demencial y
caótico que han causado los banqueros con su desmesurado afán de lucro. ¡Viva la Anarquía, viva la Literatura!
- exclamaba un personaje de Pío Baroja
en Aurora Roja.
En
septiembre de 1975, convivió durante una semana con Miguel García en el Centro Ibérico de Londres. Miguel García fue
militante de la CNT-FAI (Confederación Nacional de Trabajadores-Federación
Anarquista Ibérica), combatió en la guerra civil española y en la resistencia
después de la derrota, siendo condenado a muerte y conmutada la pena por 30 años,
de los que cumplió 20 en diversas cárceles franquistas intentando fugarse
repetidas veces. En el Centro Ibérico, Miguel cocinaba paellas y había
estruendosos conciertos de percusión en los que todos participaban a su libre
albedrío sin orden ni concierto propiamente dicho. Era un hombre
extraordinario, tranquilo, hospitalario, amable, sin darse aires de héroe o de
ideólogo, y entero después de tantos años de duro cautiverio que describe en su
libro Franco’s Prisoner, publicado en
1972. Se enfadó un poco cuando Jonathan Smith, sin saber muy bien lo que decía
considerando su juventud, defendió alguna forma de dictadura del proletariado
tras el triunfo de la Revolución. En su habitación, Miguel García tenía un gran
retrato de la joven reina Elizabeth II.
Cuando Jonathan expresó su sorpresa al ver el retrato de la Jefa del Estado
Británico en la habitación de un anarquista, Miguel se encogió de hombros
diciendo que aquella reina le gustaba.
De vuelta a España en 1976, fundó en Barcelona un bar llamado La Fragua, que
era como otro centro libertario. Murió en Londres en 1981. Tenía sólo 73
años...
Jonathan
Smith también tradujo para Ediciones Libertarias
una interesante obra de Proudhon
titulada La pornocracia moderna, que
tampoco se publicó. ¿Cómo es posible que haya editores tan canallas, carentes
de toda integridad, innobles, mentirosos, tramposos, avariciosos, ladrones, egoístas,
egocéntricos y egomaníacos, que para colmo se pongan el nombre de
libertarios? Por lo demás, ¿qué son los nombres? Ponemos nombres a las cosas y
a las personas, nos ponemos nombres, decimos yo soy esto, tú eres aquello, y
ésta es la realidad. Tenemos muchas y maravillosas ideas cuando la realidad es
que no tenemos ni idea de lo que es la realidad. ¡La única realidad es el
Dinero!, dicen los banqueros. ¡La única realidad es la Materia!, dicen los
materialistas. ¡La única realidad es el Nirvana! dicen los budistas. Nos damos
mucha importancia y damos mucha importancia a nuestras ideas cuando lo único
importante es saber que nada tiene importancia. Eso es lo que piensa Jonathan
Smith, y casi con toda seguridad se equivoca, aunque quizá tenga razón...
La razón de Don
Quijote de la Mancha era lo que al cura, al barbero y a veces al propio Sancho
Panza, les parecía la sinrazón de un loco de remate. Y las razones de éstos le
parecían al sin par caballero andante sinrazones poco menos tan descomunales
como los gigantes que ellos confundían con molinos de viento. Pero es que eran de verdad molinos de viento, protestarán
algunos. ¿Y qué? ¿Qué es la verdad?, preguntó el escéptico Poncio Pilatos. El
pintor Goya tenía razón cuando dijo que el sueño de la razón produce monstruos.
Eso lo vemos todos lo días. La verdad es que la razón del crecimiento
industrial (molinos de viento) nos está llevando a un desastre comparado con el
cual las pinturas negras (gigantes) nos parecerán luminosas. Vamos, vamos,
Smith, no exageres. No es para tanto. ¿Que no? ¿Para qué queremos tantas cosas
superfluas? Una casa de 7 vecinos debería compartir un solo aspirador y una
sola lavadora por turnos cada semana. Así se producirían 6 aspiradores y 6
lavadoras menos, con la ventaja extra de producir 6 veces menos CO2. ¿Quiénes
serían los perjudicados? Los fabricantes de aspiradores y lavadoras. ¿Quiénes
saldrían beneficiados? Todo el mundo excepto esos fabricantes. Y eso que las
lavadoras y los aspiradores son cosas útiles. Pero nuestro modo de vida en una
sociedad que produce tantas cosas inútiles nos está consumiendo a todos cada
vez más, pues cada cual desea tener más y más cosas, y ese deseo insaciable es
causa de una permanente infelicidad que el disfrute de las cosas apenas atenúa.
¿Significa eso que no conviene tener cosas? No necesariamente. La propiedad
privada no es un robo por el mero hecho de tener cosas. Diógenes el Cínico renunció a su escudilla cuando comprobó que no
la necesitaba para beber agua, pero el Emperador
Alejandro no pudo quitarle el sol. El aire, el agua y la luz del sol son
bienes comunes y naturales que no pueden robarse, pero cuando los ricos son
cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres es porque los primeros roban
a los segundos. Y siendo el robo tan excesivo, el aire se contamina, el agua
escasea, el sol se oscurece y toda la naturaleza de la que todo el mundo
forma parte se desequilibra. Este desorden es causado por las organizaciones
estatales y financieras que son como uña y carne, y cuanto más poderosos son
los Estados y grandes los Capitales mayor es el desorden que producen en todo
el mundo. Por eso la famosa frase de Goethe,
prefiero la injusticia al desorden,
no tiene sentido. Desorden e injusticia son la misma cosa.
Son casi las
dos de la madrugada. El sonido de las olas en la playa altera el silencio de la
noche, o lo acompasa rítmicamente, pues no habría rumor de oleaje sin silencio
ni viceversa, ni día sin noche, ni yin sin yang. Jonathan Smith abre una lata
de Strong Lager Carlsberg Special Brew by appointment to the Royal Danish Court brewed since 1950 alc.
9% vol. enjoy responsibly. Es una
cerveza que eleva el espíritu conciliando el Ser y el No Ser, aunque algo esté
podrido en el Reino de Dinamarca. Y lía otro cigarrillo de Gold Leaf smoking seriously harms you and others
around you, advierten las Autoridades Sanitarias. Difícilmente podría dañar el humo gravemente a otros,
pues a su alrededor no hay nadie. Y a él le da lo mismo dañarse gravemente.
Como escribió Miguel Hernández:
Si me muero,
que me muera
con la cabeza
muy alta.
Muerto y
veinte veces muerto,
la boca
contra la grama,
tendré
apretados los dientes
y decidida la
barba.
Fue en
Madrid donde tuvo lugar su primer trabajo propiamente dicho y que duró 2 años y
8 meses. Era una pequeña empresa de documentación y prensa con una jefa de
redacción, 3 redactores, 3 secretarias, 3 empleados de talleres y un casi
invisible director general. Allí se producía un Diario de diarios diario y una Revista
de revistas semanal. El primero era un resumen de la prensa diaria
nacional, aunque a veces se incluían artículos de periódicos franceses e ingleses,
y la segunda un resumen de las revistas semanales. Ambas publicaciones se
vendían por suscripción a hombres de negocios y altos ejecutivos de empresas
privadas muy ocupados en sus asuntos, con poco tiempo para perderlo buscando en
las tediosas páginas de los periódicos lo que les interesaba saber. Se les
servía así exclusivamente en bandeja una información resumida que les ponía
con brevedad al corriente de todo lo que sucedía en el país y en el mundo.
Todas las mañanas a temprana hora, llegaba a la redacción un aluvión de
periódicos. Armados con tijeras y lápices rojos, los redactores hojeaban
febrilmente las páginas, leyendo, subrayando y recortando lo que les parecía
de interés para los suscriptores. Los recortes subrayados eran recogidos por
los empleados de los talleres, las secretarias mecanografiaban la información
en las páginas que luego serían impresas en los talleres, confeccionando los
ejemplares de la publicación para su inmediata distribución a las personas y
empresas privadas suscriptoras. La división del trabajo en el departamento de
redacción correspondía a cuatro áreas específicas. La jefa de redacción se
encargaba de seleccionar todo lo relativo a la Política Nacional, y los otros
tres redactores seleccionaban todo lo relativo a la Economía, la Cultura y la
Política Internacional, pues éste era el orden de prioridad de la información.
Jonathan Smith estaba encargado de la Política Internacional, que ocupaba sólo
la última página del Diario de diarios.
Traducía también artículos económicos y financieros de la prensa francesa que
se vendían en una documentación aparte. El trabajo era febril en las dos
primeras horas de la mañana, pero una vez confeccionada la publicación transcurría
muy apaciblemente.
La jefa de
redacción era una periodista disciplinada y nerviosa que revisaba meticulosa y escrupulosamente la información seleccionada por los redactores,
pero también se relajaba después de las dos primeras horas, y hasta les
permitía beber cerveza mientras trabajaban durante el resto de la jornada.
Smith mantenía buenas relaciones con los tres empleados de los talleres. Allí
bebían ginebra, y le sugirieron mezclar un poco de ginebra en su botellín de
cerveza, lo que Jonathan Smith hacía muy gustosamente bebiendo aquella rara
mezcolanza delante de la jefa de redacción sin que ésta sospechara la
naturaleza espiritosa del brebaje. El redactor de Política Internacional y
traductor de francés bebía responsablemente, satisfecho de que se elevase su
espíritu, y esta elevación espiritual se reflejaba en la excelencia de su
trabajo. De vez en cuando, aparecía por allí un gordinflón que confeccionaba
pausadamente un dossier especial,
con una información superselecta y exclusiva para un todopoderoso banquero...
DIGUEM NO
DIGAMOS NO
Ara que som junts Ahora que estamos juntos
diré el que tu i jo sabem diré lo que
tú y yo sabemos
i que sovint oblidem: y a
menudo olvidamos:
ser llei per a tots. ser ley para todos.
Hem vist la sang Hemos visto la sangre
- que sols fa sang - - que sólo hace sangre
-
ser llei del món. hecha ley del mundo.
jo dic no, yo digo no,
diguem no digamos no.
Nosaltres no som d’eixe món. Nosotros no somos de
ese mundo.
Hem vist la fam Hemos visto el hambre
ser pa
ser pan
per a molts. para muchos.
Hem vist que han
Hemos visto que han
fet callar a molts
hecho callar a muchos
homs plens de raó.
hombres llenos de razón.
No,
No,
jo dic no,
yo digo no,
diguem no.
digamos no.
Nosaltres no som d’eixe món. Nosotros no somos de ese
mundo.
Jonathan Smith se estremeció de
pies a cabeza al corear aquellas palabras de Raimon en valenciano junto con miles de voces al final de su
recital en el Pabellón de Deportes de Madrid el 5 de febrero de 1976. La
Policía Armada (grises) intervino
para desalojar el Pabellón. El jefe de dicha policía quería gasear el recinto,
y lo habría hecho si la mujer de Raimon no le hubiese convencido para que
consultara antes con sus Superiores. El Caudillo
Generalísimo Franco había muerto el
día 20 de noviembre de 1975, pero el propio jefe de gobierno Arias Navarro se oponía al intento de
un inicio de apertura democrática. El
primero de enero de 1977, Smith escribió una carta a la jefa de redacción de
Documentación y Prensa S.A. disculpándose por la forma poco ortodoxa de
despedirse. Decía que ésta había sido una decisión tomada sobre la marcha, que
no había podido resistir la tentación de empezar el año de otra manera, que después
de considerarlo suficientemente no creía causar a la empresa perjuicio respecto
a la marcha diaria del trabajo mientras recuperaban a otra persona y que, si
ello era posible, le gustaría seguir con las traducciones de francés. Terminaba
la carta disculpándose otra vez por su insensata escapada, afirmando que había
quemado las naves como Hernán Cortés
y dando recuerdos a la gente del barco...
En aquel tiempo, Jonathan Smith vivía en una
buhardilla de la calle Arganzuela número 17, junto al Rastro y la Puerta de
Toledo. La escalera que ascendía hasta el quinto piso era escarpada, el último
tramo había que escalarlo casi con pies y manos. La luz entraba por la puerta
de la terraza y por la gran claraboya cuadriculada del techo bajo la cual
hallábase afincada la sólida mesa de siete cajones sobre la que escribía,
hacía resaltar los colores de varios cuadros colgados de escarpias en las
paredes sin marco alguno que él mismo había pintado, incidía sobre el acordeón
de fuelle abierto que tocaba ensimismado en los momentos de melancolía. La
buhardilla no tenía más puertas que la de entrada, la de la terraza y la de
un estrecho recinto donde reinaba solitaria una taza de retrete con su cisterna
y un espejo. Para ducharse tenía que ir a la casa de baños municipal de Latina.
En un ángulo había un pilón con un grifo de agua fría, un frigorífico y una
cocina de gas de las que se usan en las tiendas de campaña. En el ángulo
diametralmente opuesto, una cortina mejicana ocultaba un colchón matrimonial
cubierto por una manta de lana estampada como una piel de leopardo. El colchón
descansaba directamente sobre el suelo de baldosas grises. Aparte de la mesa de
escribir con su silla y del destartalado sofá de tela amarilla, no había más
muebles que uno alargado con cajones sobre el que funcionaban ocasionalmente un
viejo tocadiscos y un televisor en blanco y negro, y un armario de puertas
acristaladas repleto de libros cuyo contenido acumulado pondría en peligro la
salud mental de cualquier lector no iniciado. El recinto del retrete y el
entrante que hacía las veces de cocina tenían ventanas que daban a sendos patios
interiores, otras dos ventanas daban a la terraza y, desde la terraza, podía
verse la chimenea del Gasómetro, la ciudad soleada, lluviosa o brumosa. El sol
se ponía por allí, a veces el horizonte resplandecía con azules y rosas picasianos.
Sentado en el destartalado sofá de tela amarilla junto al acordeón, envuelto en
su batín a rayas verdes, blancas y negras, calzado con sus sandalias de monje
franciscano, él contemplaba aquel cielo mientras la esperaba a ella...
Hubiera
preferido traducir a Boris Vian y a Guy de Maupassant en lugar de anodinos
artículos de política internacional, financieros y bancarios. Se dejaba las
uñas en las duras teclas de una trasnochada máquina Underwood viendo cómo se estrechaban las paredes con la espuma de
los días, acechado por el Horla, los Mondaguillos y los Zacristanes, perdiendo
prematuramente los cabellos y la vista al consultar pertinazmente las páginas
de los diccionarios Larousse y Petit Robert a la azulada luz de la lámpara
flexible...
Por fortuna,
ella estaba allí. Su compañía le
consolaba de la forzada soledad de ermitaño traductor, de monje agnóstico en
los maitines y herético en las vísperas, de anarquista individualista e iluso,
de iluminado filósofo estagirita, de escritorcillo en su torre de marfil con
aspiración de genio e inspiración inspirada por el whisky segoviano y los
optalidones. Antes de que el tocadiscos expirase, también le inspiraba la
música de Wagner y de los Rolling Stones...
Felixstowe, October 2011