Se lo mira y no se lo ve, su
nombre es lo invisible.
Se lo escucha y no se lo oye,
su nombre es lo inaudible. Se lo palpa y no se lo siente, su nombre es lo impalpable.
Los tres son indescifrables, se confunden en el uno.
En el uno, lo superior no es absurdo,
lo inferior no es confuso.
Es un flujo interminable que no admite nombre,
que retorna al no-ser de las cosas.
Es la forma que no tiene forma, la figura incorpórea.
Es imperceptible vaguedad.
Si lo miro de frente, no veo su rostro.
Si lo sigo, no veo su espalda.
Asiendo el Tao de hoy, se domina la realidad presente.
Conocer el origen primero, es la clave del Tao.
La gente desborda de alegría como en un banquete suntuoso,
como cuando se asciende a las terrazas en primavera.
Pero yo permanezco tranquilo vagabundeando,
semejante a un recién nacido que aún no sabe reír.
Solitario, como quien no tiene adonde ir.
Los demás poseen mil cosas superfluas,
pero yo parezco haberlo perdido todo.
Mi espíritu es el de un estúpido,
¡tan confuso está!
Los demás tienen aire de seres inteligentes,
yo parezco en cambio un idiota.
Sin objetivo, como una ola en la superficie del mar,
sin tener asidero en parte alguna.
Los demás ocupan cargos y desempeñan funciones,
yo soy inepto como un primitivo.
Sin embargo, me diferencio de los otros
en que yo estoy sostenido por el Tao.
(Lao Tzu, Tao Te Ching)

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