El principio
fundamental de equivalencia e interconvertibilidad de masa y energía,
demostrado por la ecuación de Einstein
E=mc2, da mucho que pensar. La energía nunca se agota sino que se transforma
en masa y de nuevo en energía a una velocidad vertiginosa. El filósofo griego
presocrático Heráclito ya intuyó
algo de esto al afirmar que no es posible bañarse dos veces en el mismo río
porque todo fluye y nada permanece. El universo es esencialmente energía aquí
y ahora, un sempiterno flujo de energía aquí y ahora. No hay pasado ni futuro
en el universo sino sólo el momento presente. Moverse hacia adelante (futuro) y
hacia atrás (pasado) utilizando la energía del aquí y ahora parece muy posible. Los viajes en el espacio tiempo
no son pues descabellados, con o sin ayuda de máquinas más o menos
disparatadas.
El filósofo griego presocrático Empédocles contraponía el Amor y el
Odio como opuestas fuerzas universales. Pero el odio y el amor son las dos
caras de una misma moneda. Nadie podría saber lo que es ser amado por unos si
no supiese lo que es ser odiado por otros. Más bien parece que la fuerza
opuesta al amor es el Miedo. El miedo del guerrero a perder su vida en la
batalla a veces se transforma en valentía y le convierte en héroe, pero en
general el miedo paraliza o hace correr alocadamente.
El amor es la fuerza inteligente que mueve
el universo. En el mito de la Caverna de Platón,
el sol simboliza las ideas de Bien, Verdad y Amor. Al verlo, el cautivo que
sale de la caverna liberado de sus cadenas queda al principio deslumbrado. Y
seguramente muy asustado, aunque no corre a refugiarse a la caverna para que le
pongan otra vez las cadenas a la luz del fuego. No sabe que la luz viaja a 300.000 kilómetros
por segundo, pero pasados los primeros momentos de asombro se siente
maravillado, admira la belleza de todas las cosas que el sol ilumina, y no
puede evitar amarlas.
A pesar de todo, es lógico que uno se
pregunte: Si la divinidad está en mí hasta el punto de ser ella misma, ¿por qué
no la siento y experimento con enorme fuerza? ¿Por qué no recuerdo lo que soy
o lo olvido tan fácilmente? Y si las leyes de la metafísica son tan ciertas
como las de la física, ¿por qué me siento tan aplastado a la tierra y no me
elevo hacia el cielo? ¿Por qué mis tinieblas interiores no comprenden la luz
que resplandece? ¿Por qué no encuentro el interruptor de la habitación de mi
espíritu? ¿Estaré loco? ¿No serán todo imaginaciones mías? ¿Por qué no acepto
ser más que un cuerpo con sus deseos y pasiones? ¿Por qué no me identifico con
la pura energía de vivir bajo el sol haciendo caso omiso del absurdo y de la
muerte? Quizá la respuesta consista en identificarse sólo con esa pura energía,
amarla, estar perfectamente satisfecho y dar gracias simplemente porque es. Y hacer caso omiso de todo lo otro.
Lamentablemente, 10 páginas del
brevísimo Evangelio de María Magdalena se han perdido, pero en las que
han sobrevivido Jesús es tan enigmático
como explícito. Cuando alguno de sus discípulos le pregunta si será destruida o
no la materia, dice: “Todas las naturalezas, todas las producciones y todas las
criaturas se hallan implicadas entre sí, y se disolverán otra vez en su propia
raíz, pues la naturaleza de la materia se disuelve en lo que pertenece
únicamente a su naturaleza. Quien tenga oídos para escuchar, que escuche”.
Pedro pregunta: “¿Cuál es el pecado del
mundo?”
Jesús responde: “No hay pecado. Sin
embargo, vosotros cometéis pecado cuando practicáis las obras de la naturaleza
del adulterio denominada pecado. Por
esto el bien vino entre vosotros, hacia lo que es propio de toda naturaleza,
para restaurarla en su raíz”.
Y prosigue: “Por eso enfermáis y morís,
puesto que practicáis lo que os extravía. Que quien pueda comprender
comprenda. La materia engendró una pasión carente de la semejanza, puesto que
procedió de un acto contra natura. Entonces se produce un trastorno en todo el
cuerpo. Por esto os dije: Estad en armonía con la naturaleza, y si no estáis en
armonía, sí que estáis en armonía ante las diversas semejanzas de la
naturaleza. Quien tenga oídos para escuchar, que escuche”.
Estos oídos para escuchar y comprender parecen
provenir de la inteligencia del corazón (Nous.
Aquí el noúmeno kantiano es tan
cognoscible como el fenómeno y evoca la noosfera de Teilhard de
Chardin), Intuición (In-tuición,
es decir, aprendizaje interior, autoenseñanza) o Intelecto que produce una
clara visión de las cosas...
“Yo - dijo (Mariam, María Magdalena)
- vi al Señor en una visión y le dije: Señor,
hoy te he visto en una visión. Él respondió y me dijo: Bienaventurada eres, pues no te has turbado al verme, pues allí donde
está el Intelecto allí está el tesoro. Yo le dije: Señor, ahora, el que ve la visión ¿la ve en alma o en espíritu? El
Salvador respondió y dijo: No la ve ni en
alma ni en espíritu, sino que es el Intelecto que se halla en medio de ellos el
que ve la visión, y él es el que...” (laguna: faltan las páginas
11-14)
En
el confuso Evangelio de Felipe, hay al menos algunas cosas claras:
“El Señor dijo: Mi Padre que está escondido, y también: Entra en tu habitación, cierra la puerta y haz oración a tu Padre que
está en lo escondido, esto es, el que
está en el interior de todos ellos. Ahora bien, lo que está dentro de ellos
es el Pleroma: más interior que él no hay nada”.
En términos gnósticos, el Pleroma es la plenitud del ser divino
del que emana todo lo que existe. Y sobre el amor, dice Felipe:
“La fe recibe, el amor da. Nadie puede
recibir sin la fe, nadie pueda dar sin amor. Por eso creemos nosotros, para
poder recibir. Pero para poder dar de verdad hemos de amar, pues si uno da pero
no por amor, no saca utilidad alguna de lo que ha dado”.
Y también:
“El amor no se apropia nada, ¿pues cómo va
a apropiarse algo si todo le pertenece? No dice Esto es mío o Aquello me
pertenece a mí, sino que dice Esto es
tuyo”.
Y sobre el devenir de los días en la vida
de los seres humanos:
“Un asno, dando vueltas alrededor de una
rueda de molino, caminó 100 millas y cuando lo desuncieron se encontraba aún
en el mismo lugar. Hay hombres que hacen mucho camino sin adelantar un paso
en dirección alguna. Al verse sorprendidos por el crepúsculo no han divisado
ciudades, ni aldeas, ni creación, ni naturaleza, ni potencia, ni ángel. ¡En
vano se han esforzado los pobres!”
Esta compleja relación del amor
con la energía y la materia es concebida con suprema inteligencia por Simone Weil, máxime por cuanto que fue
garrapateada provisionalmente en un cuaderno en Londres (escrito a lápiz)
durante su último año de sólo 34 de una vida sin duda heroica:
“Entre los filósofos socráticos, cínicos,
estoicos, ser injuriado, golpeado e incluso abofeteado y soportarlo sin la
menor reacción de dignidad instintiva era considerado como una parte del deber
de la profesión. El apostolado cristiano era una profesión próxima o
idéntica, el precepto de Cristo, poned la
otra mejilla, debe ser considerado así, como una obligación de la función
particular de apostolado, no como una obligación de la vida cristiana”.
"La madurez del germen divino depositado en
la criatura consiste en la abolición del mal y el desvanecimiento del bien
confundido con Dios. ¿Cómo se atreven a pretender que las almas bienaventuradas
son distintas a Dios, que están separadas de él, cuando Cristo nos ha dado la
orden: Sed perfectos como vuestro Padre
celestial es perfecto? Pero los teólogos han debido pretenderlo porque si
se dijera a la gente que tienen que escoger entre la aniquilación y la
desaparición en Dios, no les parecería que la diferencia fuera suficiente como
para que valiera la pena escoger el bien. Mientras que mostrándoles de un lado
el látigo a perpetuidad y del otro lado una provisión inagotable de terrones de
azúcar, se consiguen hijos dóciles a la Iglesia. La palabra de Dios es la palabra secreta. El que no ha oído esta
palabra, incluso si se adhiere a todos los dogmas enseñados por la Iglesia, no
tiene contacto con la verdad”. (Attente
de Dieu)
“Existe en la naturaleza la energía
calórica, la energía mecánica, la energía vital, la energía dadora de vida
contenida en el germen, la energía irradiante contenida en la luz.
Nuestra ciencia no conoce más que las dos
primeras.
¿Son idénticas las dos últimas? La
antigüedad parece haberlas identificado. El Espíritu - o soplo ígneo, πνεύμα - hace vivir. Los antiguos (pitagóricos,
estoicos) definían el semen del macho, en la generación, como un πνεύμα.
El
πνεύμα es lo que da vida, la carne no sirve para nada.
Las
palabras que os acabo de decir son espíritu y vida.
Yo soy el pan de vida, el que
ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente”.
“El Espíritu de verdad - el soplo ígneo de
verdad, la energía de la verdad - es al mismo tiempo el Amor. πνεύμα, el soplo ígneo. Es la energía
suscitada por el amor. El yoga respiratorio auténtico se basa sin
duda en la idea de πνεύμα. Es esto lo que se llama aliento o soplo vital. El yoga respiratorio - ¿es quizá menos una
técnica que una manera de hacer de la respiración un sacramento?"
“Hay una gran diferencia entre una verdad
reconocida como tal, y en calidad de tal introducida, acogida en un espíritu, y
una verdad que se encuentra en el alma en estado activo y posee la virtud de
destruir los errores evidentemente incompatibles con ella. La virtud activa de la verdad es el πνεύμα
άγιον, la energía divina. Un grano infinitesimal de verdad activa
destruye poco a poco todo el error. El
grano de mostaza es la más pequeña de todas las semillas...”
“El intercambio de amor entre Dios y la
criatura es un trazo de fuego vertical como el rayo. Es un intercambio entre
lo más alto del cielo y lo más bajo del abismo, en línea recta”.
"Hemos nacido con una deformación congénita
del sentido de la dirección que hace que al subir tengamos la sensación de
descender, y que al descender tengamos la sensación de subir”.
“El fuego en la caverna de Platón es la
fuerza física, la energía en el sentido en que la física moderna emplea esta
palabra”.
Al final de sus Reflexiones sobre las causas de la libertad
y de la opresión social, Simone Weil escribió:
“Sólo los fanáticos pueden conceder valor a
su propia existencia sólo en la medida en que sirve a una causa colectiva.
Reaccionar contra la subordinación del individuo a la colectividad implica
comenzar por rechazar la subordinación del propio destino al curso de la
historia. Para decidirse a semejante esfuerzo de análisis crítico basta con
comprender que permitiría a quien lo emprendiese escapar del contagio de la
locura y el vértigo colectivo, renovando por su cuenta, por encima del ídolo
social, el pacto original del espíritu con el universo”.
Jonathan Smith
Felixstowe ,
September 2011
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