Louise
Michel nació en 1830 en Vroncourt-la-Côte, pueblo limítrofe entre la Champaña y
la Lorena, como consecuencia de los amores de una criada y un gentilhombre
ilustrado, lo que se dice un progresista influido por la lectura de los
enciclopedistas, el señor de Mahis, que cambiará su aristocrático apellido
haciéndose llamar ciudadano Demahis y educará a la pequeña Louise como a los
otros niños de la familia. La educación tradicional de la pequeña nobleza provincial
pretendía que las niñas aprendiesen a tocar el piano y pintaran a la acuarela.
Las jóvenes se estremecían con las novelas góticas de Ann Radcliffe, soñaban
aventuras robinsonianas en los trópicos, o se instruían con las pedagógicas
ideas de la condesa de Geulis. Diderot, Holbach o Lamennais no estaban
incluídos en el programa educativo de las señoritas, pero sí en la biblioteca
de los inquilinos republicanos del castillo de Vroncourt, donde toda la familia
cultivaba la filosofía de las Luces y se inspiraba con las musas de Víctor
Hugo. La precoz e inteligente Louise destacaba en todo, música, literatura,
botánica, pero no tenía espíritu de cocinera. “Nunca he querido convertirme en la sopa del hombre” escribió quien en su
juventud se negó a casarse con los dos comedores de sopa que se ofrecieron
como maridos. Más tarde, fue profesora en diversos centros escolares, en 1870
se afilió a la Internacional, y es conocida su actividad como miembro del
comité de Montmartre y combatiente durante la Comuna de París.
En la Historia de la Comuna de 1871, publicada
en Londres en 1876, Lissagaray recoge las palabras de la llamada “Virgen Roja”
de la Comuna ante sus jueces versalleses:
“¡No quiero
defenderme, no quiero ser defendida! - exclamó Louise Michel - Pertenezco por
entero a la Revolución social, y declaro aceptar la responsabilidad de todos
mis actos”.
No se
atrevieron a matarla, pero fue condenada a la deportación en un reducto
fortificado. Louise Michel llegó al presidio de Nueva Caledonia con sus
compañeros comunalistas el 10 de diciembre de 1873, después de cinco meses de
penosa travesía en un viejo navío. Ella y su amiga Lemel, en nombre de las 19
mujeres deportadas, se enfrentaron al gobernador Gautier. Éste quería instalar
a las mujeres más confortablemente en la Grande-Terre, pero ellas pidieron
acogerse al derecho común: “La ley está con nosotras, y como la sentencia
pronunciada contra nosotras es exactamente la misma que para los hombres,
queremos ser tratadas como nuestros compañeros.” Declararon estar dispuestas a
suicidarse si eran separadas, por lo que fueron confinadas en la península
Ducos con los demás deportados y soportaron las mismas penalidades que los
hombres. En Memorias de un joven
(1895), el estudiante Henry Bauer dice: “Dos personalidades interesantes
dominaban el grupo. La señora Lemel, de notable inteligencia, mente clara y
prudente, destacaba entre los cerebros del partido socialista... Me parecía
superior a todas las burguesas que yo había conocido y también a la mayoría de
sus codeportadas... La otra, una institutriz, Louise Michel, de unos treinta
años (en 1873, su edad era de cuarenta y tres), tenía la bondad angélica, la
inalterable dulzura, la paciencia inagotable, la dedicación, la abnegación de
una santa. De indulgencia sin límites, favorable a todos, cuidaba y consolaba a
los enfermos, daba a los hombres el ejemplo del valor y la calma. Su caridad
era absoluta. Tan pronto como recibía algún dinero de los suyos, lo distribuía
entre sus camaradas hasta el último céntimo. No sabía guardar nada para ella:
sus libros, sus vestidos, su ropa blanca, lo daba todo a quien primero se lo
pedía... Su bondad soberana, que abarcaba a todas las criaturas humanas, se
extendía también a los animales. Un perro cojo, un gato abandonado, se
convertían en clientes y huéspedes de Louise. Los acogía, los hospitalizaba,
los tenía junto a ella día y noche. Vivía en su barraca rodeada de media docena
de animales, perros, gatos, cabritos, que la seguían desde lejos cuando salía.”
Entonces es
el amor por la naturaleza y una profunda unión con la tierra primitiva lo que
la inspira. Observa con intensa mirada lo que la rodea, llena sus sentidos de
color, olor, sabor. Describe con la minuciosidad de una experta botánica las
flores y frutos de las lianas, la vegetación de la selva caledonia, pero lo
hace también con la sencillez de una rara poesía. Y así nos habla del “lúpulo
desmelenado que envía a distancias enormes su ramaje mezclado con el de una
clemátide de flores de oro”, o de los paniques que se resguardan del día a la
sombra de las lianas suspendidos por los pies “envueltos en sus alas como en
una capa española”, y dice preferir a los frutos de Europa “nuestras manzanas
de la caoba, que están un poco verdes, los higos que saben a ceniza, las
ciruelas silvestres cuya pulpa es poco más que pellejo, y las moras blancas de
las grandes zarzas, que no saben a nada...”
Pero sobre
todo, Louise vibrará con una admiración verdaderamente mística ante la tremenda
fuerza y el espectáculo de los ciclones. “Nada es tan bello como el mar,
excepto el ciclón.” Se sentirá fascinada desde la víspera por esos cielos que
se tiñen de rojo y negro hasta entenebrecerse en el negro más absoluto, y
luego, por los aletazos del viento, por el mar embravecido y la lluvia
torrencial que confunden agua, cielo y tierra. “Un frescor primaveral ha
sucedido a la tormenta - escribe -, y la tierra sale rejuvenecida de este baño
inmenso.”
A seis mil
leguas del viejo continente y del bienestar de la civilización occidental,
envía su pequeño libro “a los amigos de Europa.” Pero antes habrá descubierto
a los canacos, habrá conocido y comprendido a esos “bardos negros que cantan la
epopeya de la edad de piedra.” En su libro dirá “nosotros” en lugar de “ellos”,
hablará de “vuestros filósofos” y “vuestros mapas”. No tardará en confesar a
sus amigos europeos: “Soy una salvaje...” Y en nombre de sus hermanos canacos,
dice: “Los blancos cogieron la buena tierra que produce sin removerla, se
llevaron a los jóvenes y a las popinés para que les sirvieran, cogieron todo
lo que teníamos. Los blancos nos prometían el cielo y la tierra, pero no nos
dieron nada, nada más que la tristeza... Pisan nuestros cultivos con desprecio
porque sólo tenemos palos para labrar la tierra, y sin embargo necesitaban lo
que tenemos, y debían de ser desgraciados en su país para venir de tan lejos,
del otro lado del agua, al país de las tribus. ¿Quién os guía, hombres
blancos? ¿Qué espíritus os animan?”
Poco tiempo
después de su llegada a la península Ducos, Louise Michel fundó una escuela
canaca en una cabaña. Todos los domingos daba clase a una veintena de
indígenas. “Es posible que nunca haya tenido alumnos tan disciplinados, tan
atentos. No tardaron en hacer rápidos progresos - dice en Recuerdos y aventuras de mi vida (1886) - Pero el administrador no
era de la misma opinión: “Habrá que cerrar su escuela. Usted calienta la
cabeza de los canacos con doctrinas perniciosas. El otro día les habló de
humanidad, de justicia, de emancipación, todo eso no sirve para nada. No hay
que hablar de emancipación a esta gente. Cualquier día, podría llegar a ser
peligroso.” Comprendí. Los canacos debían ser siempre unos brutos. Estaba
prohibido abrir su inteligencia...” Claro que Louise hizo caso omiso de las
prohibiciones y, en todos los años que duró su deportación, siguió dando clase
al aire libre. bajo los cocoteros, niaulis, entre la maleza o en las cuevas
donde dormían los paniques.
Con
increíble audacia, traspasó los límites del presidio para aventurarse en la
selva donde había tribus que entonces eran todavía antropófagas. En sus
memorias, nos cuenta su primer encuentro con una tribu en plena noche. “¿Quién
eres tú? ¿Qué quieres? ¿Te has escapado del presidio?” la preguntó el jefe.
Sentada entre ellos en el campamento, a la luz de la luna, Louise les explicó
que no estaba en el presidio por haber degollado a su marido o envenenado a sus
hermanos. Explicó a los atónitos canacos las luchas sociales en Francia y les
habló de la Comuna: “En Francia - dije -, hay buenos y malos. Los malos son los
que oprimen al pueblo, que trabaja para alimentar a los ricos. Con otros muchos
amigos, yo quise expulsar a los malos del poder.” “Entonces, tú buena - dijo
el jefe -. Tú protectora de los desgraciados. Tú guerrero como nosotros. Has
luchado por tus hermanos, pero has sido vencida como los desgraciados canacos
cuando han querido resistir a los blancos.” El salvaje había comprendido, y
añadio: “Sí, sí, los malos siempre más numerosos que los buenos.”
Desde entonces, los canacos distinguieron entre los deportados por
delitos comunes y los deportados políticos. Y cuando un comunalista se
refugiaba en la maleza, en lugar de darle caza armados con sus venablos y rompecabezas,
y llevarle al penal amarrado a un palo por brazos y piernas, los canacos de
aquella tribu le interrogaban. Si sus declaraciones coincidían con los relatos
de Louise y llegaban a convencerse de que era “bueno como su hermana blanca”,
le ocultaban, alimentaban y ayudaban a escapar hacia Australia. Habiéndose
ganado la confianza de los canacos, Louise Michel se hermanó verdaderamente con
ellos, les quiso y fue querida, se ha llegado a decir incluso que era “más
canaca que los canacos.” Estableció con las tribus un intercambio cultural tan
espontáneo como ansioso de saber, se informó sobre sus leyendas y cantos de
guerra, investigó sus costumbres, estudió sus dialectos, vocabularios y
numeraciones e, ilustrando el manuscrito con minuciosos dibujos de sus
paisajes, montañas y menhires volcánicos, escribió las Leyendas y cantos de gesta de los canacos. Este libro es uno de los
primeros balbuceos de una ciencia que entonces estaba en ciernes: la etnología.
Es también uno de los últimos cantos de la poesía romántica, pero es sobre
todo un testimonio en defensa de uno de tantos “pueblos primitivos” hoy
amenazados de extinción.
El 10 de
julio de 1878 estalla la insurrección canaca. No fue la primera ni la última,
pues las rebeliones ante una perspectiva más que probable de aniquilamiento se
sucedieron desde 1847 a
1917 ensangrentando el país, pero aquella gran insurrección de 1878 sorprendió
a la administración colonial que creía a la población indígena definitivamente
sometida. Fue tan súbita y generalizada que se llegó a hablar de una auténtica
sublevación nacional que ponía en peligro la dominación francesa. Pero después
de su fracaso, lo que pudo ser una guerra de independencia tuvo como
consecuencia el exterminio de los canacos. La represión fue sin
contemplaciones. Hasta los ex-comunalistas se sintieron de pronto patriotas
franceses y echaron una mano a la marina, al ejército de tierra y a la
gendarmería para restablecer el orden. La mayoría se encogió de hombros ante la
alevosa muerte del jefe Ataï, vendido a los blancos por un traidor canaco y
masacrado a golpe de hacha junto a uno de sus hijos y el enano Andia, brujo y
cantor de su tribu. La cabeza de Ataï fue enviada a París para ser expuesta en
una Exposición Colonial. Al parecer todavía se conserva en un anaquel
olvidado del Museo de Historia Natural, con los párpados semicerrados en el
casi evaporado formol de una vasija, como una muestra de cierta civilizada
barbarie.
Muy pocos
deportados optaron por defender a los canacos, La firma del joven Charles
Malato (hijo de un aristócrata italiano deportado) figura al final de alguna de
las leyendas del libro de Louise. También él se interesó por las tribus que
seguían intactas en el interior del país, por el estudio de sus costumbres y
leyendas. En cuanto a ella, no podía permanecer neutral. “¡Pueblo de París,
canacos, misma lucha!” Tal es la consigna que se le atribuye en la
insurrección de 1878. Para ayudar a sus hermanos sublevados, la “Virgen Roja”
les enseñó las tácticas de la guerrilla. Nada mejor que desorganizar y aislar
los puestos de mando franceses cortando las líneas telegráficas. Louise Michel
consiguió hacer llegar a París artículos sobre las matanzas de indígenas. En
una página de sus memorias recuerda aquella noche en la que tres canacos, sabiéndose
perdidos, vinieron para despedirse de su amiga: “Era espantoso verles. Sus
cabellos estaban quemados, horribles heridas cubrían sus miembros... No hemos
querido irnos antes de decirte adiós... Tú has sido siempre muy buena con los
pobres canacos, y ellos pensarán siempre en ti.” Ella lloraba. El jefe Nouli la
consoló, y dijo que dejase de llorar porque “los pobres canacos son muy felices
de poder morir lejos, sin caer en manos de los blancos.” Aquella noche, Louise
se deshizo de lo único que había guardado preciosamente y ocultado desde su
llegada: “Tenía en mi cabaña mi pañuelo rojo de la Comuna, que había conservado
después de mil dificultades. Lo rompí en tres partes y dí un jirón a los
pobres negros. Salieron de la cabaña reptando, y desaparecieron... Pobres
amigos, ¿qué habrá sido de ellos? Sin duda perecieron en medio de las olas, o
se estrellaron contra cualquier peñasco.”
En 1879, el
orden se instauró de nuevo. Louise fue autorizada a abandonar la bahía oeste e
instalarse en Nouméa. Allí abrió una escuela para los hijos de los deportados,
pero su enseñanza atrajo pronto a algunos hijos de los colonos. Lo cual no
impidió que dedicase los domingos a sus alumnos canacos, experimentando con
ellos nuevos métodos pedagógicos. Les enseñaba matemáticas empezando por el
álgebra y no por la aritmética.
La amnistía
para los últimos deportados llegó el 11 de julio de 1880. Miles de canacos
despidieron a Louise, quien proyectaba fundar una gran escuela para ellos.
Pensaba volver a Nueva Caledonia cuando su madre muriese, pero en Francia
continuó la lucha como sindicalista, convirtiéndose en líder destacada del
anarquismo revolucionario francés hasta su muerte en 1905.
GÉRARD OBERLÉ
Introducción a las Leyendas y gestas de los Canacos, de Louise Michel
Traducción de Javier Sánchez Prieto
GÉRARD OBERLÉ
Introducción a las Leyendas y gestas de los Canacos, de Louise Michel
Traducción de Javier Sánchez Prieto
Estupenda mujer, estupenda historia, estupendo libro y estupenda introducción, lamentablemente olvidados para desgracia de todos.
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