Los maestros elogian el amor por encima de todo -
predicó el Maestro Eckhart en un sermón -, como hizo San
Pablo cuando dijo: Si no tengo amor no soy nada -. Pero yo elogio el
desapego más que cualquier amor. Primero, porque lo mejor acerca del amor
es que me fuerza a amar a Dios. Por otro lado, el desapego fuerza a Dios a
amarme. Ahora bien, es mucho mejor que yo fuerce a Dios hacia mí mismo a que
yo mismo me fuerce hacia Dios. Y la razón es que Dios puede acercarse a mí de
manera más próxima y unirse a mí mejor de lo que yo podría unirme con Dios.
En segundo
lugar, elogio el desapego más que el amor porque el amor me obliga a
sufrir toda clase de cosas por Dios, pero el desapego me hace receptivo de
nada más que Dios. Ahora bien, es mucho más noble ser receptivo de nada más
que Dios que sufrir toda clase de cosas por Dios.
El perfecto desapego no significa en absoluto estar por encima o por debajo de ninguna
criatura. No desea estar por encima ni por debajo. Desea confiar en sí misma
no procurando alegría ni pena a nadie, no queriendo tener igualdad ni
desigualdad con ninguna criatura, no deseando ni esto ni lo otro. No desea más
que existir. Ser esto o lo otro no es su deseo. Ya que si alguien desea ser
esto o lo otro, quiere ser algo, pero el desapego no desea ser nada. Por esta razón no
es una carga para nadie.
Nunca le
pido a Dios que se me dé, le pido que me purifique, que me vacíe. Si estoy
vacío, por su propia naturaleza, Dios está obligado a darse a sí mismo a mí
para llenarme.
El Maestro Eckhart, el predicador, dijo: El hombre justo ama a Dios por nada, ni
por esto ni por lo otro, y si Dios le da sabiduría o cualquier otra cosa que
tuviese que darle, excepto él mismo, el hombre justo no le concede
importancia. Porque no quiere nada, no busca nada y no tiene razón para hacer
nada. De la misma manera que Dios, no teniendo motivos actúa sin ellos, así el
hombre justo actúa sin motivos. De la misma manera que la vida vive porque sí,
no necesitando ninguna razón para ser, así el hombre justo no tiene razón para
hacer lo que hace.
El encuentro con Dios es un proceso
mental, una interior concentración de la mente y de la voluntad en Dios, no en
una idea fija o definida. Sería naturalmente imposible mantenerla en la mente -
o al menos extremadamente difícil - y ese no es el mejor camino. No deberíamos
estar satisfechos con ninguna idea de Dios. Cuando la idea se va, Dios se va
con ella. No, lo que queremos es un real (subsistente) Dios que trasciende en
mucho los pensamientos de los hombres y las criaturas. Este Dios no desaparece
a no ser que le demos la espalda espontáneamente. Quien tiene a Dios así, en
realidad, ha encontrado a Dios divinamente. Para él Dios es evidente en todas
las cosas. Todo le revela a Dios, en todas partes la imagen de Dios le mira en
la cara. Dios brilla en él todo el tiempo. La vista de Dios está siempre
presente en su mente.
Fragmentos extraídos de:
MEISTER ECKHART
From whom God hid nothing
Sermons, writings & sayings
Traducción de Jonathan Smith
Felixstowe, June 2011
La diferencia del Maestro Eckhart (1260-1327) es expuesta en otro lugar con palabras decisivas:
"El ser un hombre lo tengo en común con todos los hombres.
El ver y oír, y comer y beber, lo comparto con todos los animales.
Pero lo que yo soy es exclusivamente mío,
me pertenece a mí y a nadie más,
a ningún hombre, ni a un ángel ni a Dios,
a no ser en cuanto soy uno con Él."

La diferencia del Maestro Eckhart (1260-1327) es expuesta en otro lugar con palabras decisivas:
"El ser un hombre lo tengo en común con todos los hombres.
El ver y oír, y comer y beber, lo comparto con todos los animales.
Pero lo que yo soy es exclusivamente mío,
me pertenece a mí y a nadie más,
a ningún hombre, ni a un ángel ni a Dios,
a no ser en cuanto soy uno con Él."
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